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Verdad y Creencia
Segunda parte

 
Si soy uno conmigo mismo, si soy verdad, no hay división…
y al no haber división no hay conflicto.

¿Es eso cierto? ¿Es verdad todo lo que estoy diciendo? El hecho de que estas palabras estén publicadas en un libro o en Internet no las hace ciertas. Si son leídas por alguien y esa persona las deja resonar dentro, las entiende en profundidad y las hace suyas, entonces podrán ser verdaderas... y toda verdad es.

Si las grandes decisiones de estado se tomasen basadas en la realidad última y no en lo que meramente conviene en el instante o a unos pocos; si los conflictos religiosos y étnicos se resolviesen basados en lo que inevitablemente es, sin aprovecharse del miedo que levanta la existencia humana; si no se amoldara la realidad a la ambición, justificando lo que sea necesario, no hay duda de que el mundo en que vivimos sería algo realmente mucho más justo y agradable.

Porque la verdad siempre es justicia, la verdad es equidad.

No existe una verdad justa para unos e injusta para otros. Esa es una característica de la conveniencia.

La verdad que se encuentra en el corazón de todo lo que existe no está sujeta al tiempo, al espacio ni a coloración alguna. Cualquier cosa puede ser destruida. Se puede extinguir una especie o apagar una estrella, pero la verdad y razón que ha dado origen a la especie extinta o a la estrella que hoy es agujero negro sigue intacta.

Alguien podría preguntarse por el sentido de preservar una especie si su verdad, aquello más profundo que dicha especie representa, es indestructible. ¿Qué importancia puede tener la desaparición del cóndor si su espíritu permanece? La tiene y mucha. La verdad es que esta enorme ave sudamericana es consecuencia de un proceso natural, de un ritmo universal imparable, de una fuerza, de un fluir que va más allá de nuestra imaginación. Por tanto el cóndor tiene un orden, un lugar en el universo. ¿Puede alguien matar a su suegra simplemente porque, aunque no parezca, tiene un alma que vivirá para siempre?

Respetar al cóndor es fluir con la verdad, es vivir dentro del ritmo natural del universo. Nosotros también somos la representación de algo más profundo. Somos lo palpable de lo inmensurable. Salvo perturbaciones mentales, nadie se plantea quitarse la vida porque la eternidad lo espera. Aunque la verdad sea dicha, se está poniendo de moda, entre algunos grupos, el suicidio colectivo para alcanzar niveles superiores de conciencia, o un mayor grado espiritual. Acción, por cierto, totalmente inútil porque es una contradicción el querer entrar en el ámbito de los iluminados acabando con la vida propia y siendo co-responsable del fin de otras vidas.

El vivir debe empezar por el respeto a la vida, propia y ajena… si es que alguna vida nos es ajena.

Se suele hablar de “la familia”, “la sociedad”, “la tribu”, “el grupo”, “la pandilla”. Estos y otros términos similares intentan definir un conjunto de individualidades que viven amparados por un bien común. Los miembros de estas comunidades comparten responsabilidades buscando beneficios propios basados en el bienestar de todos. Esto es más palpable en las tribus. Se bebe agua del mismo pozo, se caza en conjunto, se comparte el cuidado de los hijos, la tierra no pertenece a nadie pero los cobija a todos. Si hay escasez, todos los miembros de la tribu sufren sus consecuencias; si hay epidemia, todos están expuestos. La supervivencia de uno depende de la supervivencia del conjunto.

Nuestras sociedades se siguen sustentando en ese mismo principio de supervivencia basado en el bien común, pero lo hemos olvidado. Este sistema solo puede funcionar con la verdad por delante.

¿Qué verdad puede haber en una violación, en el maltrato a los niños, en la ambición y el poder? Los grandes defectos de una sociedad se sustentan en sus mentiras y los grandes logros en su verdad. El fin último de un sistema debe ser la libertad. De otra forma, como sociedad es inútil.

 

Verdad y Creencia
Primera parte

 
El alto vuelo del cóndor sobre altas montañas es una verdad. Que quedan poquísimos ejemplares de estas singulares aves porque han sido asesinadas también es una verdad; como es verdad decir que ahora se hacen esfuerzos por salvarlas. Las verdades van más allá de lo bueno o lo malo. Son simplemente realidades, hechos que están ahí, y que no siempre percibimos a primera vista.

Hoy en día no se pretende percibir la realidad tal y como es. Más bien el interés se centra en interpretar dicha realidad, de manera que pueda ser moldeable a voluntad y conveniencia. Esto trae como consecuencia que lo que verdaderamente es vaya por un lado y lo que se toma por realidad vaya por otro. La verdad, como todo espíritu libre, simplemente es. Al ser atada a la conveniencia, sencillamente deja de existir.

Cuando el cóndor, con sus grandes alas desplegadas, se deja llevar por las corrientes de aire, no está pensando si su vuelo es real, correcto, limpio, bello o aprobable... y no piensa en esas cosas porque vuelo y ave son lo mismo; no hay separación entre “el cóndor” y “su vuelo”. Si percibo en totalidad lo que verdaderamente soy, lo que verdaderamente es, no habrá división alguna, y al no haber división alguna seré uno conmigo mismo y seré uno con el cóndor. ¿Y cómo se logra percibir esa verdad última? ¿Cómo puede saberse si lo percibido verdaderamente es? Aquello que “es” se manifiesta. Lo que “no es” simplemente lo imponemos.

Si nuestro ojo se desnuda verá la realidad tal y como es. Si nuestra mente se vacía percibirá la realidad sin juicios ni prejuicios; sin necesidad de llevar hechos en presente a un pasado que creemos conocer, encasillando todo lo que es siempre nuevo en nuestra forma predeterminada de pensar. Sin duda hay hechos condenables y hay hechos nobles. Pero a veces nuestros conceptos de “bueno” y “malo”, nuestras creencias morales, nuestra forma de alimentarnos, nuestra relación con el medio ambiente, nuestra relación con los demás y, sobre todo, como nos percibimos a nosotros mismos, está marcado por valores sociales que pueden o no ser honestos, pueden o no ser sanos, pueden o no ser justos. Nuestro navegar por la vida muchas veces va guiado por una serie de conceptos y normas impuestas por la sociedad en la que nos desarrollamos.

Esa escala de valores se ha ido formando y transformando a lo largo de la historia y, por desgracia, se va alimentando de la conveniencia, de la visión interesada a corto plazo de unos pocos que en un momento determinado ostentan el poder político, económico o religioso. Los valores universales como el amor, la hermandad, la igualdad o la integración con el medio ambiente, suelen sacrificarse en aras de un fin transitorio y egoísta motivado por el miedo. Aquello que parte del egoísmo es deshonesto. Y lo deshonesto no es una verdad eterna, universal y desnuda. Lo real es… y sólo está al servicio de su propia existencia. Lo verdadero, lo puro y eterno nunca puede, por definición, estar al servicio de intereses mezquinos, nuestra conveniencia momentánea o nuestros traumas y obsesiones.

Si soy uno conmigo mismo, si soy verdad, no hay división…
y al no haber división no hay conflicto.