Porque
la verdad siempre es justicia, la verdad es equidad.
No
existe una verdad justa para unos e injusta para otros.
Esa es una característica de la conveniencia.
La
verdad que se encuentra en el corazón de todo lo que
existe no está sujeta al tiempo, al espacio ni a coloración
alguna. Cualquier cosa puede ser destruida. Se puede extinguir
una especie o apagar una estrella, pero la verdad y razón
que ha dado origen a la especie extinta o a la estrella que
hoy es agujero negro sigue intacta.
Alguien
podría preguntarse por el sentido de preservar una
especie si su verdad, aquello más profundo que dicha
especie representa, es indestructible. ¿Qué importancia
puede tener la desaparición del cóndor si su
espíritu permanece? La tiene y mucha. La verdad es
que esta enorme ave sudamericana es consecuencia de un proceso
natural, de un ritmo universal imparable, de una fuerza,
de un fluir que va más allá de nuestra imaginación.
Por tanto el cóndor tiene un orden, un lugar en el
universo. ¿Puede alguien matar a su suegra simplemente
porque, aunque no parezca, tiene un alma que vivirá para
siempre?
Respetar
al cóndor es fluir con la verdad, es vivir dentro
del ritmo natural del universo. Nosotros también somos
la representación de algo más profundo. Somos
lo palpable de lo inmensurable. Salvo perturbaciones mentales,
nadie se plantea quitarse la vida porque la eternidad lo
espera. Aunque la verdad sea dicha, se está poniendo
de moda, entre algunos grupos, el suicidio colectivo para
alcanzar niveles superiores de conciencia, o un mayor grado
espiritual. Acción, por cierto, totalmente inútil
porque es una contradicción el querer entrar en el ámbito
de los iluminados acabando con la vida propia y siendo co-responsable
del fin de otras vidas.
El
vivir debe empezar por el respeto a la vida, propia y ajena… si
es que alguna vida nos es ajena.
Se
suele hablar de “la familia”, “la sociedad”, “la
tribu”, “el grupo”, “la pandilla”.
Estos y otros términos similares intentan definir
un conjunto de individualidades que viven amparados por un
bien común. Los miembros de estas comunidades comparten
responsabilidades buscando beneficios propios basados en
el bienestar de todos. Esto es más palpable en las
tribus. Se bebe agua del mismo pozo, se caza en conjunto,
se comparte el cuidado de los hijos, la tierra no pertenece
a nadie pero los cobija a todos. Si hay escasez, todos los
miembros de la tribu sufren sus consecuencias; si hay epidemia,
todos están expuestos. La supervivencia de uno depende
de la supervivencia del conjunto.
Nuestras
sociedades se siguen sustentando en ese mismo principio de
supervivencia basado en el bien común, pero lo hemos
olvidado. Este sistema solo puede funcionar con la verdad
por delante.
¿Qué verdad
puede haber en una violación, en el maltrato a los
niños, en la ambición y el poder? Los grandes
defectos de una sociedad se sustentan en sus mentiras y los
grandes logros en su verdad. El fin último de un sistema
debe ser la libertad. De otra forma, como sociedad es inútil.
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