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Sexo y Falso Dualismo

 

     Varias son las culturas que separan clara y tajantemente la pureza y la sexualidad, creando un dilema entre estado de gracia y pecado. Dicho de otra manera, persiste la creencia de que la castidad automáticamente crea un estado de decoro que nos lleva a lo divino, a un encuentro con Dios, y que debe ser guía de toda búsqueda espiritual. Mientras el sexo, por su parte, se asume como una delicada y estrecha senda llena de peligros y tentaciones que sólo nos permite encuentros carnales para tener descendencia y que, a ser posible, dichos encuentros deben ser practicados sin mucho inventar porque de otra manera nos conducirán al fuego eterno. Digamos, carne vs espíritu. En la práctica pocas son las personas que se someten rígidamente a esta moral y costumbres, pero la sombra de dichas creencias es larga…

     En occidente el origen de esta dualidad nace de la enraizada convicción de que el sexo es pagano, por tanto impuro y degradante. Por ello ante conflictos como la sobrepoblación, la pobreza o el sida, se alzan voces que no dudan en proclamar la castidad y la abstinencia como solución. Para algunos, la represión de los impulsos sexuales es sinónimo de cordura  y los representantes célibes de cualquier religión son vistos como gente más pura y más cercana a Dios que cualquier mortal que sucumbe ante el deseo pernicioso de sexo. Paradójicamente la sociedad occidental no se basa en una vida de renuncias; por el contrario, somos una sociedad activa que alienta y alimenta el consumo, y que utiliza al sexo como fuente primaria de estímulo para dicho consumo.

Muchos son los casos donde nuestra educación nos reduce la ecuación a ser seres espirituales o carnales, buscar a Dios o sucumbir

"Naranjas y Limones". 1928. Julio Romero de Torres

a los deseos sexuales. La verdad es que podemos tenerlo todo. Esta dualidad carece de sentido; este devenir es un falso dualismo al que nos aferramos por antecedentes históricos y persistencia religiosa.

     El sexo es trascendencia. La energía sexual nos lleva al mundo espiritual, al reino de los cielos y nos pone en contacto con nosotros mismos. Técnicas como el yoga tántrico nos guían en esa dirección. Y aquí se plantea otra paradoja: Cuando se hacen afirmaciones como esta, invariablemente se alzan voces de condena esgrimiendo el gastado argumento de que se pretende dar licencia para el desenfreno sexual. Hace poco, una asociación de horticultores lanzó una campaña exaltando las virtudes del limón, la naranja y los cítricos en general. A nadie se le ocurre pensar que persona alguna pueda salir perjudicada por comer mandarinas desenfrenadamente. Esto se debe a que tenemos la arraigada creencia de que los cítricos son buenos –que lo son- pero no estamos tan seguros acerca del sexo.

     Si tomamos conciencia de nuestros actos, de nuestro sentir, y nos guiamos por ese amor innato que llevamos dentro, podremos descubrir que sexo y espíritu tocan en la misma orquesta. Sólo queda experimentar, buscar con honestidad y libertad para descubrirlo por nosotros mismos. Así que a comer naranjas desnudos y a untarse de zumo por todo el cuerpo.

     Namaste.

 
 


Entre Las Montañas de tu Cuerpo

Mauro Altair

Entre las calurosas montañas de tu cuerpo
llego a la gruta de la plenitud y la alegría
Y es que en ella me pierdo y me reencuentro
me siento un privilegiado y te hago diosa

El  dulce y  penetrante  olor  de  tu  sexo  me emociona
siembra en mi imaginación y cosecho fantasías
Fantasías que se vuelven increíbles realidades
solamente posibles en nuestro cuerpo a cuerpo ilimitado

No hay egoísmo ni conquista
tampoco una forma definida
El Universo cambia su estructura
porque yo entro en ti y tú sonríes

El éxtasis es un don que nos pertenece
las fronteras no existen para aquellos
que se entregan con pasión y libertad
compartiendo divinidad y compartiendo gloria

 
 

Las Mil y Una Noches

 
Cuando se habla de la concepción y disfrute de la sexualidad, invariablemente vamos a la comparación entre el sexo en Oriente opuesto al sexo en Occidente. ¿A que se debe esto? Es algo que podemos explorar. Mientras nos criamos en el hemisferio occidental con una visión de la sensualidad marcada por unas rígidas normas morales y religiosas, nos llega, a través de libros y películas, una visión paradisíaca del sexo en el hemisferio oriental. Allí éste parece transcurrir entre excitantes danzas con velos en palacios de Las Mil y Una Noches, concubinas adiestradas en artes amatorias que pululan las cortes chinas, Geishas, libros y grabados antiguos con increíbles posturas sexuales, coitos interminables y, por supuesto, inolvidables. De hecho, muchos hombres occidentales piensan que las mujeres orientales son una especie de ejemplo viviente del Kama Sutra a la hora de ir a la cama. Algo así como creer que todo ente chino o japonés es karateca. Lo peligroso de todo esto es que se puede tomar a la ligera las costumbres y creencias de otros pueblos, con el riesgo de caer en el irrespeto.

Este sexo “de película” contrasta con actitudes y patrones sociales que muchas veces marcan el compartir sexual de Occidente. Existe el prejuicio de que una mujer puede ser mal interpretada si demuestra alguna iniciativa.    Muchos hombres creen que es poco masculino mostrar ternura. Hay quienes están interesados/as en complacer a su pareja, pero tienen que adivinar lo que la otra parte quiere porque no hay libertad a la hora de expresar los deseos y fantasías.

El auge de las películas pornográficas se debe a que éstas son una forma de de ver, y hasta cierto punto de vivenciar, las fantasías sexuales que no podemos saciar. En dichas películas las mujeres son desenfadas, los hombres complacientes y el sexo no tiene límites. Increíblemente, la mayoría de los hombres piensan que la única forma de obtener una relación sexual de ese tipo es pagando por ello. Incontables mujeres les gustaría ser las protagonistas de esos escandalosos y salvajes orgasmos “de cine” si no fuera porque eso sólo es propio de “ese” tipo de chicas.

Uno de los aspectos que más se echa de menos en la cultura occidental a la hora de hablar de las relaciones sexuales son los juegos amorosos. En la cultura oriental el sexo no tiene prisa. Los preámbulos son parte del acto en sí, por tanto reducir la relación a un desahogo apurado es poco poético.

Y es que hacer el amor es hacer poesía. Es un acto de creación sublime. Es riesgo y aventura… y es sobre todo compartir. La mayor contradicción consiste en desnudarnos ante alguien, fundirnos en uno y no ser capaces de expresar lo que realmente queremos. No mostrarnos al desnudo en nuestros deseos.

No se plantea que cada acto sexual se convierta en una locura, tratando de imitar lo que debe ser una noche salvaje. Se trata de explorar nuestra esencia, de vibrar con nuestro propio ser. Para entender esa propia esencia debemos entender nuestros miedos. Una vida sexual llena prejuicios nos impedirá ver donde radican nuestros temores, y una vida de temores nos impedirá disfrutar plenamente de nuestra sexualidad.

En Occidente el cine y la literatura nos rompen los esquemas tradicionales presentándonos historias de tierras lejanas, donde acciones eróticas transcurren en un harén, en casas de masaje de Tailandia, o en islas vírgenes donde sobran mujeres y faltan hombres. En cambio, cuando se trata de presentar situaciones más allá de lo tradicional en un ámbito occidental, nos vamos a prostíbulos, bacanales, y orgías organizadas por magnates y protagonizadas por prostitutas. Y es que los cánones occidentales no permiten que “gente normal” protagonice escenas de Las Mil y Una Noches sin ser asociada a algún tipo de perversión. Eso nos lleva a plantearnos la pregunta para el próximo artículo: ¿Por qué en Occidente se asocia el romper la rutina sexual con perversión?

 
 

El Sexo es un Espejo

 
El sexo, como todo lo que tocamos en esta vida, puede ser hermoso o abominable. Podemos desnudarnos a un mero y apurado sentir placentero, y también podemos desnudarnos a un sentir de dicha que nos pasea por todo el universo. El sexo puede ser una experiencia que cambia tu vida cada vez, y puede ser un arma para manipular y humillar.

Digamos que un artista de la cerámica hace un jarrón de forma original y lo decora con arabescos extraordinarios para terminar con una obra de gran belleza. Imaginemos ese jarrón lleno de coloridas flores, arregladas con arte y buen gusto. Estamos hablando de algo hermoso, armónico e inspirador. Si alguien viene, toma esa vasija y golpea a otro en la cabeza hasta matarlo, entonces pensamos en el jarrón como un arma y no como una obra de arte. Lo mismo ocurre con el sexo. Un violador, que por lo general no se desnuda, busca el placer físico instantáneo y fugaz; también el placer psicológico del control total. Un amante del yoga tártrico se desnuda en cuerpo y alma buscando llenar de éxtasis a su pareja y alcanzar la plenitud espiritual. Y es que el sexo es lo que hagamos de ello… o lo que nos hacen creer de ello. Nos levantamos en una sociedad que nos inculca valores predeterminados, y no siempre son sanos o sensatos. El machismo es un ejemplo de ello.

Pero el sexo es ante todo naturaleza. No es, ni mucho menos, una tentación de la mente para obtener un pecaminoso placer físico, negando el alma, como pretenden algunos cánones sociales y religiosos. Decir que nuestra sexualidad sólo cumple una función reproductora es negar nuestro poder de búsqueda y creación. Contrario a muchas creencias, especialmente en la cultura occidental, el sexo es una vía a la pureza y a la comunión universal. Nuestros impulsos, deseos y fantasías, el goce sexual, el pensar en ello y satisfacer nuestras necesidades de afecto, amor, placer y cariño son parte integral de nuestra esencia.

El sexo es belleza, comunión y armonía. Sin duda es una parte de nuestra naturaleza como humanos que merece ser redescubierta bajo la luz de la libertad. Desgraciadamente cuando se habla de libertad y sexo suele interpretarse lo dicho como un clamor por lo bacanal, sin respeto por nosotros mismos ni por otros. Una sexualidad libre implica, en el sentido real del término, que no la encasillamos impidiendo encontrarnos en ella.

Hemos dicho que nuestra sexualidad en su esencia es naturaleza, creación, búsqueda, orden universal, armonía, camino a la pureza, libertad… pero la realidad es que el sexo suele asociarse a lo sucio, al pecado, a lo inmoral y, sobretodo, a la culpa. Esto tiene una razón de ser y debemos explorarlo y entenderlo si pretendemos llevar una vida plena y acorde a nuestra esencia natural y belleza. ¿Por qué se pierde la magia del sexo en debates religiosos, éticos y sociales? ¿Por qué muchas personas necesitan justificar el sexo con lo de tener hijos, la consagración de un matrimonio o no me queda más remedio porque él/ ella lo desea? ¿Puede haber plenitud en relaciones meramente sexuales? ¿Por qué vivimos tiempos donde todo está permitido pero reina la insatisfacción sexual, sobretodo en las mujeres? ¿Por qué tantas personas mandan todo a paseo buscando plenitud en el sexo para luego cargar con amargas culpas? Son demasiadas preguntas para un hecho tan simple como es nuestra sexualidad: un don que nos da la vida para celebrar la vida misma. A través de este blog exploraremos nuestra naturaleza sexual, su belleza y regocijo. Estáis todos invitados.